Estaba en pleno corazón de Brooklyn, cerca de la prisión federal, cuando todo comenzó. El ambiente era tenso, lleno de expectativas y un caos que solo Nueva York sabe crear. Cafecito, un tipo con un acento inconfundible y una energía contagiosa, estaba transmitiendo en vivo. Hablaba en inglés, pero rápidamente cambió al español, como si el idioma fuera un puente para conectar con su audiencia. Me invitó a acompañarlo hasta mi carro, pero la situación se complicó cuando la policía apareció. “No salten”, gritó una oficial, mientras Cafecito intentaba explicar que su carro estaba bloqueado. “Mi carro está loco”, decía, entre risas y frustración. La escena era un enredo de voces, sirenas y gente tratando de entender qué pasaba.
La prisión federal de Brooklyn no es cualquier lugar. Ahí han estado nombres que han sacudido al mundo: Juan Orlando Hernández, El Chapo Guzmán, El Mayo Zambada. Cafecito lo mencionaba con una mezcla de asombro y morbo, como si estar ahí le diera un pase VIP a la historia. Pero ese día, la atención no estaba en los presos, sino en quien estaba por llegar: Nicolás Maduro. Los medios de comunicación se agolpaban en la calle 31, cámaras en mano, esperando el momento preciso.
“Aquí están Telemundo, CVS, Canal 12”, enumeraba Cafecito, mientras la lluvia comenzaba a caer. La espera se hacía eterna, y él, con su teléfono en mano, no perdía detalle. “Mira este policía, no tiene más chance para echarse para atrás”, comentaba, mientras señalaba a un oficial que parecía más interesado en su café que en el caos a su alrededor. La gente se acumulaba, algunos curiosos, otros periodistas, y Cafecito, en medio de todo, era el narrador improvisado de la jornada.
El humor no faltaba, incluso en medio del desorden. “Este vato vaya a la verga”, decía, riendo, mientras intentaba estacionar su carro sin bloquear a nadie. La situación era un reflejo de la vida en la ciudad: caótica, impredecible, pero siempre llena de vida. En un momento, una paloma decidió dejar su marca en su carro, y Cafecito, entre risas y maldiciones, intentaba limpiarlo. “Ay, hijo de puta madre”, murmuraba, mientras el agua no hacía más que empeorar las cosas.
Pero lo que más llamaba la atención era el poder de las redes sociales. Cafecito, con su transmisión en vivo, había atraído a un grupo de personas que se acercaban para saludarlo. “Vine porque lo vi en vivo y vivo cerca”, le decía uno. Otro comentaba cómo las redes sociales habían cambiado todo: “Todo es rápido, todo es inmediato”. Cafecito, con su carisma y su teléfono, había creado una comunidad efímera, unida por la curiosidad y la espera.
La noche avanzaba, y la llegada de Maduro seguía sin confirmarse. Los medios de comunicación aumentaban, y Cafecito, entre risas y comentarios, seguía transmitiendo. “Ya no me quiero quedar aquí toda la noche”, decía, mientras se abrigaba y buscaba un lugar para cargar su batería. La escena era un retrato de la modernidad: un hombre común, con un teléfono, convirtiendo un momento de espera en un evento compartido por cientos.
Al final, no importaba si Maduro llegaba o no. Lo que quedaba era la experiencia, el caos, las risas y la conexión humana. Cafecito, con su transmisión, había logrado algo más que informar: había creado un momento, un recuerdo que quedaría grabado en la memoria de quienes lo vieron, aunque solo fuera a través de una pantalla.

