Estaba en pleno corazón de Brooklyn, cerca de la prisión federal, cuando todo comenzó. El ambiente era tenso, lleno de expectativas y un caos que solo Nueva York puede ofrecer. La razón de tanto alboroto: la llegada de Nicolás Maduro. Sí, el mismo. Y yo, con mi cámara en mano, decidí transmitirlo todo en vivo. ¿Quién iba a decir que terminaría siendo una mezcla de comedia, drama y un poco de absurdo?
El escenario: una prisión icónica
La prisión federal de Brooklyn no es cualquier lugar. Sus paredes han visto pasar a figuras como Juan Orlando Hernández, El Chapo Guzmán y una larga lista de nombres que han hecho temblar al mundo. Ese día, sin embargo, la atención no estaba en los reclusos, sino en quien estaba a punto de llegar. O al menos eso creíamos.
Mientras me abría paso entre reporteros y curiosos, un policía me detuvo. “No salten”, me advirtió con tono firme. Yo, que solo quería un buen ángulo para mi transmisión, intenté explicarle que no estaba ahí para causar problemas. Pero ya sabes cómo son las cosas: una vez que te marcan, es difícil sacudirte la etiqueta de “sospechoso”.
El caos de la espera
El clima no ayudaba. La lluvia caía sin piedad, y yo, con mi teléfono en mano, intentaba mantener la transmisión en vivo. “Oiga, baje el brillo para que escuchen”, le pedí a alguien que pasaba cerca. La gente se aglomeraba, y entre gritos y risas, el ambiente se volvía cada vez más surrealista. Un hombre, con un acento inconfundible, me dijo: “Mira, este vato vaya a la verga, yo me voy más rato”. Y así, entre comentarios espontáneos y risas nerviosas, la espera se hacía eterna.
En medio del caos, no pude evitar pensar en el poder de las redes sociales. “Mira, mucha gente vino porque me vieron en vivo”, le comenté a un espectador. Es increíble cómo una transmisión puede atraer a personas que están a solo unas cuadras de distancia. El mundo está más conectado de lo que pensamos, y ese día lo viví en carne propia.
La paciencia se agota
Las horas pasaban, y Maduro no llegaba. Los medios de comunicación, incluyendo Telemundo y CVS, estaban allí, esperando el momento clave. Yo, mientras tanto, luchaba con mi batería, que amenazaba con morir en el peor momento. “Okay, solo voy a abrigarme y a cargar mi teléfono”, dije en voz alta, como si alguien más estuviera escuchando. La verdad es que estaba exhausto, pero no podía irme. ¿Y si llegaba justo después de que me fuera?
Reflexiones entre el caos
En medio de todo ese desorden, me di cuenta de algo: las redes sociales tienen un poder inmenso. Con solo unos pocos seguidores, logré atraer a gente que ni siquiera conocía. Imagínate si tuviera miles. ¿Qué podría lograr? Es fascinante y, al mismo tiempo, un poco abrumador.
También pensé en la ironía de todo aquello. Estábamos allí, bajo la lluvia, esperando a un líder controversial, mientras yo luchaba con un policía por un lugar para estacionar mi carro. La vida, definitivamente, tiene un sentido del humor peculiar.
El final (o la falta de él)
Al final, Maduro no llegó ese día. O al menos no mientras yo estaba allí. Pero la experiencia me dejó algo más valioso: una historia que contar. Entre risas, frustraciones y conexiones inesperadas, aprendí que a veces lo más importante no es el destino, sino el camino. Y en ese camino, entre policías, lluvia y transmisiones en vivo, encontré un pedazo de la humanidad que a menudo olvidamos en la era digital.
Así que, si alguna vez te encuentras esperando algo (o a alguien) bajo la lluvia, recuerda: el caos puede ser tan revelador como el evento mismo. Y quién sabe, tal vez termines transmitiéndolo en vivo para el mundo.

